Charles Baudelaire, el poeta maldito



Ningún poeta ha dado tanto a la literatura moderna, como el poeta Charles Baudelaire, el poeta maldito por excelencia. Charles Baudelaire nació en París el 19 de abril del año 1821, el mismo año de la independencia del Perú. Sus padres fueron Joseph Francois Baudelaire, de 60 años y Caroline Dufays de 30. Su padre fue quien lo inició en las letras, al ser un hombre culto que fue  exseminarista, antiguo preceptor, profesor de dibujo, pintor y funcionario jefe del despacho de la Cámara de los Pares de Francia. Lamentablemente su padre murió a los 65 años, cuando Charles tenía apenas 5 años. Eso fue algo que lo marcó. Para peor, su madre Caroline Dufays se casó al poco tiempo con el general Jacques Aupick, un militar que impondría disciplina al joven Baudelaire y lo alejaría para siempre de su madre, algo que nunca se lo perdonaría. Desde entonces, Charles se volvió un joven rebelde en contra de la autoridad y de todas las convenciones sociales. En 1840 inicia sus estudios de derecho. Empieza a frecuentar la bohemia del Barrio Latino y se hace amigo de escritores y artistas como Gerard de Nerval, Louis Menard, Saint Beuve y Honoré de Balzac. En ese ambiente Baudelaire se sumergiría hasta lo más hondo, llevando una vida disipada lleno de alcohol, drogas y prostitutas. De ahí también saldrían los mejores poemas de su libro “Las flores del mal”, que es un hito en la poesía universal, donde saca lo bello de los más feo, como de las mujeres de mal vivir, los vicios, el pecado, la locura y hasta el satanismo. Este libro publicado el año 1857 fue condenado por la crítica, quienes la acusaban “de faltas a la moral y a las buenas costumbres”, y Baudelaire tuvo que pagar una multa de 300 francos. En su defensa Baudelaire dijo:
“Todos los imbéciles de la burguesía que pronuncian las palabras inmoralidad, moralidad en el arte y demás tonterías me recuerdan a Louise Villedieu, una puta de a cinco francos, que una vez me acompañó al Louvre donde ella nunca había estado y empezó a sonrojarse y a taparse la cara. Tirándome a cada momento de la manga, me preguntaba ante las estatuas y cuadros inmortales cómo podían exhibirse públicamente semejantes indecencias”.
Curiosamente, ese mismo año la obra “Madame Bovary” de Gustave Flaubert fue acusada de lo mismo, pero se le quitó la pena poco tiempo después. Sin embargo, Baudelaire no se amilanó y publicó otros libros como “Los paraísos artificiales” (1860), que trata sobre sus experiencias con las drogas, y “Pequeños poemas en prosa” (1862), además de varios artículos y estudios de arte, que están entre lo mejor de su producción. Vale mencionar que fue uno de los primeros en traducir y valorar la obra de Edgar Allan Poe, a quien consideraba su hermano literario y maldito, y de quien obtuvo mucha influencia. Hasta ahora sus traducciones de Poe al francés son canónicas. En 1864 viaja a Bélgica para dar unas conferencias y alejarse de su vida bohemia, pero el poco éxito lo desalientan y a causa de ello escribe un panfleto a modo de desquite que se llama “Pobre Bélgica” (1865). Por ese tiempo sufre los síntomas de la sífilis y tiene una caída que lo deja hemipléjico, por lo que su madre viene en su ayuda y se lo lleva a Francia, donde su salud se deteriora más y fallece el 31 de agosto de 1867 en París. Sus restos descansan en el cementerio de Montparnasse y como nunca hubiera querido fue enterrado junto a la tumba de su padrastro, Jacques Aupick. Tras su muerte fue fuertemente reconocido por jóvenes poetas, como Arthur Rimbaud, Stephan Mallarmé y Paul Verlaine. Éste último lo llamó “el padre espiritual de los poetas malditos y fundador del Decadentismo”. Si bien los críticos literarios lo llaman el padre del Simbolismo. Su influencia es muy fuerte hasta el día de hoy y ha marcado la obra de autores como Rubén Darío, César Vallejo, Charles Bukowski, Allen Ginsberg, Roberto Bolaño, Oswaldo Reynoso y a la mayoría de los poetas peruanos de los 70 en adelante, como a los del grupo “Hora Zero”, “La sagrada familia”, “Kloaca” y quien escribe, quien se considera su más ferviente admirador.

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