Carlos Trujillo Ángeles y el terror peruano contemporáneo

 


CARLOS TRUJILLO Y EL TERROR PERUANO CONTEMPORÁNEO

Por Carlos Enrique Saldívar

Es increíble vislumbrar la nueva camada de escritores adscritos a los géneros imaginativos, aquellos en los cuales el realismo deviene en siniestro, tiende hacia el misterio con tintes o imágenes nefastas, o la fantasía se orienta al relato sobrenatural, el terror, como lo defino: un síntoma, una sensación de que hay algo tenebroso rondando tras la puerta y pretende ingresar para hacernos daño. También, hay que mencionar lo gótico, que es otra sensación, aunque atmosférica, previa al terror; y, desde luego, encontramos dos categorías muy interesantes: el horror, que es cuando vemos al monstruo que abre la puerta, y el gore, que es cuando se inicia la matanza. En esta nueva eclosión de narradores peruanos se encuentra el también poeta Carlos Trujillo Ángeles, cuya obra he seguido con interés desde que publicara su primer libro de cuentos terroríficos La entidad oculta (2013), una obra que ya debería valorarse como un clásico de las letras oscuras nacionales. Carlos Trujillo es un excelente narrador con el que me siento muy afín, ya que ambos publicamos nuestro primer cuaderno casi a la misma edad, y ambos somos clasicistas; es decir, creamos bajo la impronta de los gigantes conocidos del género, por mencionar tres: Edgar Allan Poe, Mary Shelley y Guy de Maupassant; también ingresamos a la literatura de género por la puerta mediana; en mi caso con la ciencia ficción; en el suyo, con el terror. Pero no es cualquier terror el suyo, es uno maduro, que enciende temores, que fabula de una manera prodigiosa, que usa mucho la 6 psicología y el monólogo asemejando a los poetas malditos, lo cual hace que se genere empatía con sus personajes (muchas veces sus textos están redactados en primera persona). En ese aspecto sus narraciones (publicadas en sus volúmenes de autor y en importantes antologías) se distancian un tanto de Lovecraft; hay tonos de emotividad y evocación, hacia amores perdidos o a las incesantes preguntas sobre la existencia. El interés del autor por el psicoanálisis y la personalidad humana (trastocada por la demencia o la problemática de la vida en sí misma) queda refrendado en su excelente volumen de relatos Susurros en la oscuridad (2018), el cual debería consagrarlo como escritor del género con esas historias que sacuden la mente y el cuerpo. Algo llamativo en la producción de este prolífico autor es su interés en el amor, como tema imprescindible en muchas de sus ficciones, en el romance. Por ello destaco sus otros dos libros, uno de poesía amorosa La vedada nostalgia (2014) y la impresionante selección de cuentos, poemas y cartas románticas (aquí el autor hace buen uso de la égloga, una modalidad literaria muy agraciada, no muy escrita en nuestras letras) El beso (2020). No es gratuita la unión entre este romance (donde el sentimiento impera) y el horror (que pretende crear perturbación en el lector, y lo logra en todos los casos). Muchos relatos de Carlos Trujillo forman una unificación donde el amor lleva a la muerte, a veces del mismo narrador, por no ser correspondido, por tener una mentalidad fuera de lo común, por un exceso de sensibilidad (arte e insania se conjugan, muchos de los personajes del autor son artistas incomprendidos). Este prefacio viene a colación a propósito de la nueva entrega de Carlos Trujillo, Hacia el abismo (2020), un conjunto de cuatro relatos, tres de ellos largos y uno corto, apropiadamente divididos por capítulos, lo cual hace dinámicas las narraciones. En el 7 primer cuento nos adentramos a un mundo de violencia y destrucción, un texto de corte criminal, el cual me hizo recordar a esas adictivas historias publicadas en las antologías de Alfred Hitchcock. También a las más cruentas novelas de algunos de los baluartes del género negro, como James Hadley Chase o Micky Spillane, e incluso me remitió a algunos cómics hiperviolentos, como los de Garth Ennis (recordemos su etapa con The Punisher) o Jason Aaron (recordemos su etapa con Wolverine). En este cuento epónimo de Carlos Trujillo tenemos la presencia del personaje brutal, al que no le importa nada, excepto acabar con los malos cueste lo que cueste, no por el puro gusto de crear caos (la destrucción provoca un orden distorsionado), sino porque intenta salvar una vida. Un inicio trepidante que no da respiro y va directo al punto, coloca al lector al centro del discurso ficcional, lo engancha y lo hace seguir leyendo sin parar. Luego tenemos otro texto bastante visceral, que contiene de todo, cierto erotismo (brindado en dosis adecuadas y pertinentes al relato que se cuenta), en este mundo epistémico (el universo creado por el autor) hay muchos elementos de relevancia: la inocencia de la juventud, la demencia vista desde dos flancos, el malvado que lo es por naturaleza (psicópata) y el malvado que es así; porque, se intuye, las circunstancias lo han llevado a convertirse en lo que es (trastornado), otro lobo solitario que cree de forma ceremoniosa en que el bosque, donde se desarrollan los hechos (su realidad palpable), le pertenece y es el máximo depredador en el presente microcosmos. Brillante en su ejecución, se le agradece al texto esa referencia a un artífice clásico estadounidense del terror y la fantasía, que reconoceremos con facilidad. El texto se encuentra lleno de giros de trama y sorpresas, sin dejar de lado el gore (intenso 8 aun en su velocidad), que caracteriza a la mayoría de estos relatos. El tercer cuento se inserta en el género de lo insólito, aparece el cuadro de un niño llorando, tema que todavía causa miedo en el mundo real, porque se tejen leyendas al respecto. Aquí se puede ver de nuevo el texto de terror desde otra perspectiva (aunque en esencia se hermana con las demás ficciones de este libro), podemos contemplar el relato-pesadilla, un personaje que desconfía de su realidad, y el fuego, como elemento renovador y devastador a la vez. Si el volumen empieza con un texto ágil y de efectivo ritmo, termina con una narración sobrenatural que retorna (como el cuento anterior) a la pesadilla que padece el personaje central, lo cual nos lleva a distintos parajes de su realidad (la irrealidad para nosotros) trocada, que lo hace desconfiar de lo que sus sentidos perciben, y es este el cuento que más terror provoca del volumen. Posee una suerte de correrías y juegos mentales que conmocionan, mas no se queda ahí, existe un final sorpresa que cierra el ciclo de manera brillante, y todo se complementa con un largo y hermoso poema que se encarga de cuadrar el corpus que ya he mencionado antes: la tragedia por un amor perdido. Sí, son textos trágicos, el desastre está presente en cada rincón de las páginas, pero salimos bien librados al terminar la lectura y satisfechos, porque nos hemos fascinado con este gran libro de cuentos, una de las mejores obras de uno de los mejores exponentes del terror a nivel nacional e internacional, el cual ya deja de ser un autor joven, para convertirse en un maestro, que debemos leer y seguirle la pista, pues seguirá deleitándonos con sus abismos.

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